
“Allá va el chico dando guerra taracá,
taracá, taracá,
media corchea después de la tierra.”
Colombia 12 de marzo de 2026. “Taracá” es una posible onomatopeya del sonido del patrón rítmico fijo que produce el Tambor Chico, uno de los 3 tambores del Candombe, quizás el más extendido de nuestros ritmos afro-uruguayos.
En su forma más común, un golpe de mano acentuado (TA) va seguido de dos golpes de palo (RA-CA) con la salvedad que el acento de la mano no cae en el primer tiempo del compás (el más fuerte, la “tierra”), sino una semicorchea después.
Este desplazamiento genera un efecto rítmico desconcertante tanto en quien lo toca como en quien lo escucha. El eje rítmico parece estar “movido”, “dado vuelta”.
Siempre me fascinó el hecho de que el tambor que sirve de metrónomo, de reloj, de andamiaje temporal, señala la tierra del compás, sin tocarla, evitándola, rodeándola.
Su latido repetido, desplazado y uniforme produce así una desarticulación del lenguaje conceptual del ritmo. Una especie de paradoja temporal que a mí siempre me impulsó hacia el aquí y ahora. No sé si ese sentimiento es compartido y no puedo decir mucho más porque estoy muy lejos de entender cómo funciona un sistema infinitamente complejo, como es la maravillosa polirritmia hipnótica del candombe.
Cuando le pregunté a Facundo Balta (quien a pesar de su juventud, vive el candombe más de cerca que yo, desde el barrio y desde su familia) qué opinaba de esa onomatopeya, me dijo: “¡Está bien! ¡Porque suena a ‘estar acá’!” Ahí se me abrió un mundo, porque pude establecer el vínculo entre varios puntos que antes estaban sueltos.
En primer lugar, “Tar acá” es una aféresis (pérdida de sonidos al comienzo de una palabra) rioplatense de “Estar acá” y yo solamente uso esa expresión y el adverbio de lugar “acá” cuando estoy en Uruguay. Tiene para mí, por tanto, algo de cercanía familiar, de casa, de presencia afectiva. Resume también de alguna manera la necesidad que tuve de volver después de mucho tiempo a grabar acá, en Uruguay, por muchas razones personales.
De ahí se extendió a “Estar acá y estar ahora”, refiriéndose a la expansión del presente, el trance rítmico, espiritual, valiosísimo, que África a través de la práctica del candombe le regaló a la sociedad uruguaya.
Por último, es un título de disco con la vocal A, la vocal más abierta, la que no retiene el aire, la que suelta la emoción sin filtro ni modulación, sin casi procesar el sonido. El disco que tienen entre las manos, podría decirse que intentó cumplir estas últimas premisas.
Jorge Drexler (La Serena, Uruguay, Enero de 2026).
El artista próximamente anunciará fechas de su gira por Latinoamérica.
El nuevo disco de Jorge Drexler: volver a casa
Por Belén Fourment, periodista uruguaya
En Uruguay, la clave de candombe —tres golpes, luego dos más— se aprende por ósmosis. No se enseña en las escuelas ni en todas las casas. Vive en nosotros aunque nunca nos hayamos dado cuenta de cuándo le abrimos la puerta. Aparece en infinitas canciones. Suena una tarde cualquiera en la esquina de algún barrio. Se improvisa golpeando la mesa en el asado de los domingos. Se mezcla todo el tiempo con las sirenas y los autos de la calle. Habita la ciudad como un vecino omnipresente. Cuando se está lejos de esta tierra, escucharla es una forma directa de volver a casa. Jorge Drexler lo sabe bien.
También sabe otras cosas, como que todo en la vida tiene su propio tiempo. Que solo así se explica que recién ahora —ahora que cumplió 60, que pasaron tres décadas desde que se instaló en Madrid, que murió Gunther, su padre, y él se volvió el mayor de la familia— esté lanzando un disco de candombe. Un disco de candombe hecho en Uruguay, pero que mira de frente a todo el mundo.
Taracá, su nuevo álbum de estudio, es un disco de puentes: generacionales y geográficos, estilísticos y temporales, concretos y simbólicos. Un disco que funciona como una comunidad musical —nunca un trabajo suyo había sido tan colaborativo— y como una clase intensiva del patrimonio musical de Montevideo. Pero, sobre todo, un disco de celebración. “Que viva todo aquel valiente que tiende un puente / Y el valiente que lo cruza” .
Atravesado por la clave del candombe, Taracá reivindica el tambor como una forma de estar anclado en el presente. “Taracá” funciona como una posible onomatopeya candombera y, a la vez, como una declaración y un acto de compromiso: estar acá y estar ahora.
En un tiempo en que distintos referentes contemporáneos han hecho trabajos arqueológicos para rescatar sus propias tradiciones sonoras, Drexler decide hacer lo propio volviendo a Uruguay —literal y metafóricamente— para trabajar a conciencia sobre una raíz que siempre estuvo ahí, pero que hasta ahora había ingresado de manera lateral en su obra.
Ahora se entrega de lleno a esa búsqueda, con una mirada en la que conviven su extenso recorrido y su rica trayectoria, con la permanente inquietud de lo nuevo. Eso explica que este álbum esté bordado por los aportes de jóvenes productores y talentos uruguayos como Lucas Piedra Cueva, Tadu Vázquez y Facundo Balta, y al mismo tiempo por dos presencias claves de la escena puertorriqueña: Mauro y Gabo Lugo. De forma inesperada, Drexler conecta dos territorios con muchos puntos en común para construir, a partir de la tradición, un sonido atemporal y cargado de frescura.
Escuchar Taracá es entender qué constituye el ADN de la música uruguaya. El candombe, la milonga, el milongón, la plena, la experimentación, la murga y el cuidado por la palabra están allí, entre piezas que remiten a las comparsas, al Lobo Núñez, a Jorginho Gularte, a Eduardo Mateo, a Jaime Roos, a la más fina canción de autor.
El disco propone una convivencia singular: el cantante de plena Américo Young, una grabación casera de la comparsa La Dominguera, la guitarra del maestro Julio Cobelli, la invocación flamenca 1 , el original aporte de Young Miko, los arreglos orquestales de la Selección Uruguaya Sinfónica y la poderosa presencia de la murga Falta y Resto, además de la transversalidad del proyecto Rueda de Candombe. Hay composiciones recientes y otras que esperaron su momento por más de diez años. En Uruguay, el tiempo funciona de manera diferente. Taracá también tiene que ver con eso.
Es un álbum lleno de preguntas —muchas veces explícitas— sobre asuntos importantes: hacia dónde vamos, cómo se ama, qué hacemos para ser amados, qué define al ser humano, por qué hacen arte los artistas y qué es la vida, en una conmovedora traslación de la poética tiernamente filosófica de Gonzaguinha.
Un álbum con el candombe como rezo, y con al menos una línea como guía: “ante la duda, baila”. Porque en medio de la incertidumbre, escuchar un tambor es vislumbrar una certeza. Un camino de vuelta a casa: ese viaje sónico en el que se embarca Drexler y al que ahora quiere invitar a todo el mundo.
ALIANZA








