Cómo el reggaetón perdió su esencia

(Fuente Televisa.news

El reggaetón, en tan solo dos décadas, pasó de ser escuchado en barrios marginados y piratería concesionada a ser el género que más espacios abarca en el mainstream y a tener una plataforma global con intérpretes tan variados que van desde los pioneros, como Daddy Yankee o Arcángel, hasta completos ajenos como Justin Bieber, Carly Rae Jepsen o The Black Eyed Peas.

Llegar a ese páramo de éxito y visibilidad comercial tomó años para una cultura que siempre se ha asumido marginal y ligada a las clases bajas tanto musical como simbólicamente pero en ese trayecto perdió su esencia y se convirtió en el género más explotado y rentable de la actualidad.

Como muchos otros géneros, el reggaetón pasó por un proceso en el que se consolidó como una expresión cultural para dar visibilidad e identidad a un conjunto de personas. En este caso, su nacimiento se asocia a los “caseríos” puertorriqueños, que son comunidades pobres y marginales, un símil de los guetos estadounidenses y los barrios de la periferia de la CDMX. (Vía: BBC)

Al exportarse, esta música también tomó fuerza en las mismas comunidades alrededor de Latinoamérica y en las zonas de Estados Unidos con población latina. Así empezó a distribuirse como piratería aprobada por los mismos intérpretes, música de bailes y eventos clandestinos, con una carga simbólica fuerte para quienes la consumían: en muchos sentidos, era música pobre para pobres.

En México, el reggaetón llegó a la CDMX y se asentó mayormente en el oriente de la capital. Las delegaciones Iztacalco e Iztapalapa comenzaron a dar sus propios intérpretes, como Las Pisikatas o El Habano; al mismo tiempo que la delegación Gustavo A. Madero y Nezahualcóyotl ofrecían amplias oportunidades para que se realizaran estos eventos en lugares como el News Divine o el Stratus.

Sin embargo el reggaetón comenzó a despegar poco a poco y salió de los entornos donde encontró identidad y un nicho fiel, que lo hizo vivir a pesar de las múltiples intenciones de censura y por el evidente clasismo con el que se le ataca.

Para que se diera este cambio, por supuesto, se construyeron cimientos fuertes con Daddy Yankee o Tego Calderón, quienes llevaron el género a la Unión Americana y lo posicionaron en estados con presencia latina, como California, Nuevo México, Florida y Texas.

Sin embargo tres personajes fueron clave para que este género se convirtiera en lo que es ahora es: Justin Bieber, Skrillex y J Balvin. En 2015, Justin se alió con Soony Moore y Diplo para producir casi en su totalidad Purpose, el cuarto álbum del canadiense.

Para ese momento, tanto Skrillex como Diplo ya habían explorado lo suficiente los ritmos afrocaribeños en mezclas y producciones con otros artistas, pero el paso arriesgado fue “Sorry”, una canción con una base de reggaetón y arreglos del género, aunque repensados por Skrillex para que fueran más dóciles para un público acostumbrado, mayormente, al EDM o al House más genérico.

El resultado fue una combinación bastante sencilla que se convirtió en un hit y que después tuvo un remix de J Balvin, un cantante colombiano que lograba una gran popularidad en Latinoamérica. Así, la combinación, entre remix y el track original, triunfaron en ambos mercados: tanto el latino como el estadounidense.

La mezcla fue tan exitosa que después el mercado latino empezó a crecer. J Balvin, junto a Maluma y otros reggaetoneros, adoptaron esa misma nueva forma de hacer reggaetón y poco a poco el mundo presenció un nuevo auge, pero ya no con ritmos cercanos al dancehall o al dembow, sino con estructuras pop, las mismas que definieron Diplo y Skrillex.

Dos años después, “Despacito” (de Luis Fonsi y Daddy Yankee) se convirtió en un éxito global, un meme y la muestra clara de que el mundo aceptó y recibió con buenos ojos la apuesta de Justin Bieber: el reggaetón no es de Puerto Rico, no es de la Agrícola Oriental… es del mundo, es de la gran industria para explotarse  y vender números uno.

Triunfar es venderse

La música como fenómeno cultural está íntimamente ligada al desarrollo de las sociedades y a la consolidación de grupos dentro de estas mismas. Las personas buscan en la música y en otros productos artísticos y culturales la representación que se les niega dentro de los grandes espacios de difusión, como la televisión o la radio.

Dichos productos no se vuelven objeto de deseo de estos mismos espacios hasta que resultan una necesidad para comercializarse y apoyar a una industria que siempre se ha movido a la par de la tecnología y los movimientos sociales a cambio de los millones de dólares que producen una vez que están en discos de vinilo, cassettes, CD o servicios de streaming.

Como al reggaetón, muchos otros géneros experimentaron exactamente lo mismo: durante 1949, el periodista Jerry Wexler buscó cambiar la forma en que se veía al blues, el gospell y al jazz, que eran catalogados como “race music” (básicamente: “música de negros”). (Vía: The Urban Daily)

Su solución fue simple: le cambió el nombre a esta categoría (nunca clara y nunca definida) a R&B o rythm and blues (ritmo y blues), para poder venderla con suma facilidad en una nación que cada vez se libraba más de las dinámicas esclavistas, aunque no del racismo.

Wexler se convirtió en el productor de Aretha Franklin y Ray Charles unos años después, siendo considerado, hoy por hoy, como uno de los personajes más importantes en la historia de la música pop, además de ser el engranaje detrás de dos de los artistas con más ventas de toda la historia.

Desde ese momento, tal ha sido el camino para que los géneros musicales de nichos específicos se comercialicen: que pasen a ser dictaminados, moldeados y comercializados por la gran industria, que homogeniza y recubre todo de ese conglomerado difuso que, hoy por hoy, llamamos música pop.

La música disco, años después, corrió con la misma suerte y, a pesar de ser un género dominado en gran medida por la comunidad negra, terminó siendo un estandarte de la industria para el proceso homogenizador, representado fielmente por los Bee Gees y John Travolta en la película Saturday Night Fever (1977). (Vía: The Telegraph)

Dentro de este proceso, del cuál también ha sido parte el hip hop en los noventa, la salsa en los setenta y ahora el reggaetón, las premiaciones juegan un papel importante, sobre todo los Grammy, que son los premios que entrega la academia de Academia Nacional de Artes y Ciencias de la Grabación estadounidense… o en otras palabras, los premios de las disqueras más grandes del país (Sony BMG, Warner Music Group y Universal Music Group).

Estas eligen, año con año, una selección de nominados y ganadores que representan lo más destacado de una industria, donde el gusto y el juicio estético no están en el centro de la discusión real para la valorización de la música, que como fenómeno cultural sigue siendo un arte proclive a ser juzgada y calificada con estándares académicos y teóricos.

Sin embargo, es con estos criterios que se entiende cómo es que cambia la industria, sus gustos y su naturaleza mutante en el sincretismo y el eclecticismo de las tendencias musicales que permiten mantener vivo un mercado de miles de millones de dólares anuales.

Clive Calder, dueño de Zomba Music Group y fundador de la mítica Jive Records, organiza una fiesta antes de cada ceremonia de los Grammy que puede ser considerada la verdadera premiación, tal como lo narra John Searbook en su libro The Song Machine: Inside The Hit Factory (WW Norton, 2015).

Ser invitado a este convite es sinónimo de ser relevante y de ser de valor para los tres sellos grandes de esta industria (los tres influenciados por Calder). Sin embargo, el lugar que se tiene dentro de esa misma fiesta es el que determina el estatus de cada uno de los artistas y el que determina, realmente, cómo se desarrollará la premiación del día siguiente.

¿Y el reggaetón en los Grammys?

El reclamo de los reggaetoneros por su ausencia del Grammy Latino es notable en términos de industria, porque hoy por hoy son uno de los géneros más redituables de todo el mundo. En teoría, su mesa es cercana a Clive Calder, no a la puerta del baño o la cocina; pero también es un reclamo que atraviesa términos culturales, por la forma en que estos premios han desestimado las expresiones musicales foráneas y no homogéneas de manera reiterada desde su fundación.

Realmente, es solo cosa de tiempo para que su presencia sea tan grande como la de otros géneros que se han ganado su categoría y su espacio de exposición con los años y con su mimetización en lo que conocemos como “mainstream”.

El camino del reggaetón lo ha llevado a una cumbre inusual en la historia de la música. Su paso es, tal vez, solo comparable con el R&B, el rock y el hip hop. Eso incluye, por supuesto, que las condiciones, contextos y características que tenía al principio desaparezcan y se diluyan de a poco dentro de una industria que percibe a la música como un producto de cambio y no como un fenómeno de la dinámica social.

De modo que el hecho de que los reggaetoneros queden fuera de los Grammys, aunque problemático, no es tan preocupante, ya que la música vive de más que premiaciones y primeros lugares en listas de popularidad. La sobreexplotación y sobreexposición del reggaetón será una plataforma más para que este, a través de sus propios nichos y sus propias dinámicas, evolucione tal como lo hicieron los demás géneros que no han muerto encerrados en un entorno hermético para preservar su esencia sobre cualquier otra cosa, sea por decisión propia u obligados por el gusto de la mayoría.

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